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Valores.

Tres razones por las que hago lo que hago. Para empresas, para personas en momentos difíciles y para jóvenes en su camino.

Para empresas

Por qué sigo buscando retos intelectuales

Algunas personas se vuelven más tranquilas con los años. Y otras nunca pierden las ganas de entender cosas nuevas y resolver problemas. Yo pertenezco al segundo grupo.

Mi carrera estuvo marcada por la velocidad, la responsabilidad y el afán de hacer avanzar las cosas. Durante muchos años en la industria asumí tareas exigentes, dirigí negociaciones difíciles, tomé decisiones de gran alcance y cargué con la responsabilidad de personas, proyectos y empresas.

Quien asume responsabilidad también debe tomar las decisiones incómodas. Se sopesan intereses, se decide cuando no hay una solución que agrade a todos, y al final se responde por ello. Eso forma parte de toda función directiva, y aprendí a hacerlo con integridad.

Hoy, con 55 años, una organización clásica ya no me atrae. Lo que me impulsa es otra cosa: quiero formar parte de una red de personas que han seguido siendo curiosas. Personas que piensan juntas, cuestionan y desarrollan soluciones. Personas que ven un reto no como una carga, sino como un impulso.

Podría limitarme a trabajar como coach y profesor particular. Ese trabajo me llena y tiene un sentido personal profundo. Pero es solo una parte de lo que soy.

Sigo buscando la pregunta compleja, la tarea estratégica, el proyecto que exige pensamiento analítico, creatividad y experiencia. No porque todavía tenga que demostrar algo, sino porque la agilidad mental necesita cultivarse. Quien deja de dejarse retar, se estanca.

Mi papel ha cambiado. Antes solía ser quien tenía que decidir. Hoy me veo como mentor, compañero de reflexión y fuente de impulso. Disfruto tanto transmitir conocimiento como aprender de otros.

La curiosidad no tiene edad. Mientras pueda trabajar con personas inteligentes en tareas exigentes, seguiré buscando estas oportunidades. Porque en eso reside, para mí, la mayor forma de crecimiento personal: no dejar nunca de aprender.

Para personas en momentos difíciles

Por qué acompaño a personas en situaciones difíciles de la vida

Las crisis forman parte de la vida. A algunas personas les llegan pronto, a otras solo después de muchos años. E incluso quienes tuvieron una infancia despreocupada suelen vivir, en algún momento como adultos, el punto de inflexión que lo cambia todo: una separación, la pérdida de un ser querido, una enfermedad, el desempleo, o la sensación de haber perdido el propio camino.

Algo nos une a todos: nadie está a salvo de ello. La pregunta decisiva no es, por tanto, si llegará una crisis, sino quién estará a nuestro lado en ese momento.

Me encuentro con personas de las historias más diversas. Algunas crecieron en circunstancias difíciles. Otras cargan con las consecuencias de una adicción, relaciones dañinas o años de desesperanza. Muy pocas llegaron ahí por culpa propia. A menudo fueron circunstancias de las que, solas, no veían salida.

Como coach y acompañante integral, veo primero a la persona, no sus problemas.

Ofrezco una mirada externa cuando la visión de la propia vida está nublada por las preocupaciones. Juntos buscamos las fortalezas, capacidades y experiencias que ya existen, pero que han quedado olvidadas bajo el peso del día a día. Todos ya han superado algo difícil en su vida. Justo en eso nos apoyamos.

No prometo a nadie soluciones fáciles. Pero prometo recorrer un tramo del camino juntos. Con respeto, con honestidad y con la convicción de que cualquiera puede volver a tomar su vida en sus propias manos.

Para mí, este trabajo es mucho más que un empleo. Es mi mayor causa personal.

Cuando las personas empiezan a creer de nuevo en sí mismas, surge algo que ningún programa ni ningún formulario puede reemplazar: la esperanza. Y la esperanza no es lo último que le queda a una persona. Es el comienzo de todo cambio. La fuerza que levanta a quien ha caído, y el primer paso de vuelta a una vida autodeterminada.

Si con mi experiencia, mi conocimiento y mi compromiso puedo contribuir a que una persona se atreva a dar de nuevo ese primer paso, entonces mi trabajo ha cumplido su propósito.

Para jóvenes

Por qué las clases particulares son para mí más que enseñanza

A veces me preguntan por qué dedico tanto tiempo y corazón a las clases particulares. La respuesta sencilla: porque son mucho más que enseñanza.

Claro que se trata de matemáticas, alemán o física. De exámenes, pruebas y mejores notas. Pero con el tiempo noté que casi cada clase también ofrece una pequeña mirada al mundo de los jóvenes. A sus pensamientos, sus preocupaciones, a veces sus miedos: al próximo examen, a las malas notas, al futuro, o simplemente a lo que trae consigo hacerse adulto.

No soy profesor de formación. Soy ingeniero e ingeniero en gestión, con dos titulaciones universitarias. Lo que aporto es conocimiento de la materia, muchos años de experiencia profesional y vital, y la perspectiva de un padre. Quizás sea exactamente esa mezcla la razón por la que nuestras clases suelen ser más que simple enseñanza.

Me importa que cada alumno sienta: aquí se puede preguntar, cometer errores, e incluso hablar de algo que no tiene nada que ver con matemáticas o vocabulario. A veces basta un oído atento o una mirada distinta sobre un problema para recuperar el ánimo.

Me sorprende constantemente lo inteligentes, reflexivos y honestos que son los jóvenes. Desde primaria hasta bachillerato, me encuentro con personalidades con opiniones, ideas y sueños propios. Estos encuentros también me enriquecen a mí.

El tiempo con mis alumnos me recuerda cómo fuimos nosotros mismos alguna vez. Una etapa de la vida llena de imaginación, curiosidad y grandes sentimientos, en la que cada examen parecía decisivo, cada amistad única, y cada problema enorme. Mucho cambia con los años. Pero en el fondo seguimos siendo a menudo la persona que llegamos a ser entonces.

Quizás eso sea lo más bonito de este trabajo: los alumnos aprenden algo de mí, y yo aprendo igual de ellos. Me recuerdan lo importantes que son la curiosidad, la apertura y la confianza, y que también hay que conservarlas de adulto.

Por eso me alegro de cada clase compartida. No solo porque resolvemos un ejercicio o mejoramos una nota, sino porque recorremos juntos un pequeño tramo de una etapa importante de la vida.

Por eso agradezco de corazón a todos los alumnos y a sus padres. Valoro de verdad su confianza.